El Denominacionalismo

“YO CIERTO SOY DE PABLO... YO DE APOLOS”

(1ª Cor. 3:4)

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por el Dr. Juan Pedro Marino

Documento publicado originalmente en el Informe del Primer Congreso Espiritual A.L.E.R.T.A., Buenos Aires, 1956, p. 93-104

 

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1. INTRODUCCIÓN

2. LAS DENOMINACIONES

3. EL DENOMINACIONALISMO

4. EL INTER - DENOMINACIONALISMO

5. EL NO – DENOMINACIONALISMO

6. LA UNIDAD CRISTIANA.

CONCLUSIONES DEL “COMITE DE ESTUDIO”

 

1. INTRODUCCIÓN.

Nuestro tema es, desde todo punto de vista, uno de los más difíciles para desarrollar, pues no hemos de referirnos a falsos evangélicos; sino por el contrario, a la mayoría de sinceros y buenos creyentes que, tanto en nuestros días como a través de casi toda la historia de la Iglesia, estuvo encerrada en el concepto erróneo del denominacionalismo absolutista, que está en contra de la enseñanza bíblica de una verdadera unidad y unión entre los hijos de Dios.

Y sin el más mínimo deseo de atacar a nadie, es nuestro fundamental propósito, llamar a la realidad a todos los creyentes de nuestros días, para que, juntos, volvamos los ojos al Siglo Primero y por la contemplación de la genuina Iglesia que fundara nuestro Señor, podamos con la ayuda del Espíritu Santo, entregarnos en sacrificio vivo ante la cruz del Calvario y marchar verdaderamente unidos, en pos de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.

Hemos de mencionar, bien al comienzo, la posición de pequeñas manadas que, en todas partes del mundo, nuestro Señor Jesucristo siempre ha mantenido. Pequeños grupos de creyentes, que, olvidándose por completo de sí mismos en cuanto a las posiciones personales; templos; Seminarios; etc.; han abandonado las grandes denominaciones o no han querido unirse a ellas, entendiendo que el “Denominacionalismo” es un mal para la obra del Señor y que por consiguiente no puede ser de su agrado.

Pero, antes de fundamentar la premisa que acabamos de establecer con aquellas verdades bíblicas que le den la debida consistencia, queremos hacer una clara distinción entre lo que significa “Denominación” y “Espíritu Denominacionalista”.

 

2. LAS DENOMINACIONES.

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Una “Denominación Evangélica” es un conjunto de creyentes que forman una comunidad, con ciertas formas de culto, prácticas y nombre, que difiere en algunos, o todos estos aspectos, de otras comunidades religiosas; aunque posean los mismos artículos de fe.

Pero he aquí que el Señor Jesucristo fundó una sola Iglesia, única y universal y las distintas congregaciones que los apóstoles fueron estableciendo en las diferentes ciudades que visitaban, no tenían entre sí otra diferencia que su localización en el espacio. ¿Por qué circunstancia, entonces, tenemos tantas “Denominaciones Evangélicas”?

Los cuatro motivos fundamentales por los cuales están divididos los verdaderos creyentes y por cuya interpretación existen las Denominaciones, son:

  1. El Gobierno Eclesiástico.

  2. La Cena del Señor.

  3. El Bautismo.

  4. El Nombre.

Fuera de estos puntos principales, las demás diferencias que pudieran existir son secundarias. Estas son, en definitiva, las cuestiones que han dado origen a las denominaciones.

Sin embargo, para llegar a entender bien este tema, debemos decir siquiera dos palabras del origen de las denominaciones.

La Palabra de Dios nos relata cómo nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia al comienzo de la era cristiana; luego, posteriormente, cómo se fueron estableciendo las diferentes congregaciones locales, en los distintos lugares donde los apóstoles iban predicando el Evangelio. La mayoría de estas Iglesias locales, merced al control ejercido por el cuerpo apostólico y demás evangelistas y pastores establecidos, conservaban la pureza en la doctrina y prácticas que su fundador estableciera. Salvo pequeñas desviaciones en algunos grupos aislados de creyentes, la Iglesia del Primer Siglo fue completamente sana en su credo y formas de culto.

 

3. EL DENOMINACIONALISMO

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Hasta ese momento no podemos decir, en consecuencia, que existía el “Denominacionalismo”. Pero, dice la Historia, pronto comenzaron a manifestarse en el seno de esa institución divina, los deseos y pasiones de la carnalidad no crucificada de muchos creyentes mundanos y, juntamente con ellos, fueron lanzados una y otra vez los ataques diabólicos para destruir sus fundamentos. Y naturalmente, los efectos no dejaron de hacerse sentir en los continuos cambios que fue experimentando la primitiva Iglesia, para convertirse por fin en una férrea organización que culminó en la Iglesia Romana de los siglos posteriores.

Y las Iglesias Evangélicas que poseían buenas reglas de fe, las cuales tenían que haber perdurado por encima de todos los intentos diabólicos, se encerraron en un círculo completamente estrecho, que les impedía, por completo, manifestar el mandamiento bíblico de amar a sus hermanos antes que a sí mismos.

Ahí cayeron los creyentes en falta, cuando sus “Denominaciones” se enquistaron tras un velo completamente espeso, que les impedía ver las necesidades aún de sus más próximos hermanos, si es que no estaban juntamente con ellos tras el cerco estrecho del “Denominacionalismo”.

Por ello, decimos, que el “Denominacionalismo” es un mal para la obra del Señor Jesucristo aquí en la tierra. Y, si a todo eso, le agregamos el hecho del daño que se hace a los inconversos con la existencia de tantas “Sectas y Denominaciones”, tendremos, siquiera, una pálida idea de lo que estamos afirmando. Hoy más que nunca se hace dificultoso explicar a la gente las razones de la existencia de tantas sectas, que sólo sirven para confundir la opinión del que está fuera de ellas. ¿Dónde dirigirse en la búsqueda por la verdad?

Es por todo ello que lanzamos el llamado a todos los fieles, expresando que es necesario romper con el “Denominacionalismo” y unirnos todos los fieles creyentes en un genuino y sincero deseo de servir a nuestro Dios en la única forma que Su bendita Palabra nos ordena hacerlo.

Anticipo a ustedes que, no se trata del mero intento satánico, que a través de una de sus diabólicas creaciones, el Ecumenismo, pretende instaurar su reinado material en la tierra mediante el Anticristo, cuando se siente en el templo de Dios, como Dios. (2ª Tes. 2: 4). Esto es la mezcla confusa de diferentes religiones alrededor de una cabeza, el diablo. Nosotros queremos sólo la unión de los verdaderos creyentes en Cristo Jesús, renacidos por la obra y virtud del Espíritu Santo, para dar juntos nuestra adoración al único y santo Dios Todopoderoso.

No obstante todos los esfuerzos satánicos, Dios nunca se quedó sin testigos; aunque fuera uno sólo que quedara en la tierra, siendo ese un creyente fiel al Señor y a su Palabra, allí estaba la verdadera y única Iglesia de Jesucristo. Por ello es que y, sin pretender tender un hilo desde el siglo I al siglo XX tratando de demostrar por la Historia lo que acabamos de decir, simplemente citaremos un texto bíblico que es concluyente respecto a la perdurabilidad de la Iglesia Cristiana:

“...Las puertas del infierno, no prevalecerán contra ella”... (Mt. 16: 18).

Pero, yendo directamente al examen de las diferentes “Denominaciones” que existen en la actualidad sobre la tierra —por supuesto, nos referimos a las Denominaciones Evangélicas que poseen, por lo menos en los papeles, un credo bíblico y sanas prácticas— la gran mayoría de estas Denominaciones, tiene su origen en la Reforma del Siglo XVI; del resto, una parte muy pequeña, como los valdenses y otros, fueron originarios de siglos anteriores y, por último, están aquellos que exhiben hoy como su más preciado tesoro, el hecho de su origen no humano, sino directo y a través de los siglos, de la Iglesia fundada por Jesucristo; nos referimos a los Bautistas.

Respecto a las Iglesias que se originaron en cualquiera de los siglos posteriores al cuarto, tienen todas la gran desventaja de haber querido hacer una modificación de la Iglesia Romana, manteniendo en todo lo posible las formas de culto. Por ello hoy se ofrece el espectáculo de Iglesias protestantes que, observadas en sus prácticas y costumbres, apenas se diferencian con la Iglesia Romana; así ocurre por ejemplo, con los Anglicanos.

No es posible hacer sólo una reforma, de algo que tiene que dejar por completo de ser para dar lugar al nacimiento de una nueva institución, fundada únicamente en las verdaderas bases que le dieron origen un día. La Iglesia de Jesucristo es única, no tienen por qué los hombres querer innovar sobre cuestiones que ya están claramente establecidas por la Palabra de Dios, ni tampoco permitirse las licencias que sus pobres mentes finitas imaginan como sin importancia, en relación con las prácticas que esa Iglesia debe mantener.

Bien lo decía Jacques Lefevre, el cual, anticipándose en muchos aspectos a las enseñanzas de Lutero, expresaba que lo que exigía la época (siglo XVI) era una vuelta de la Iglesia al cristianismo primitivo.

Por no haber entendido este asunto, fue que los reformadores no se pusieron de acuerdo entre ellos y hasta llegaron a tratarse con suma intolerancia.

Qué distinto es el consejo apostólico a la Iglesia del siglo 1º:

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. (Gál. 6: 2).

A no dudarlo, los reformadores, a lo largo de todos los tiempos hicieron una gran obra pero, lamentablemente y por lo general, les faltó esa visión total de lo que debían realizar: Una vuelta a la Biblia en todo.

Cumplieron el mandato bíblico que dice:

“Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo , y yo os recibiré”. (2ª Cor. 6: 17).

Pero lo hicieron en parte, porque siempre les quedó algo de las prácticas de la Iglesia Romana que ellos abandonaban.

En consecuencia, todas las Denominaciones que surgieron de las respectivas reformas, llevaron consigo el lastre de algunos conceptos romanistas, mezclados juntamente con las puras enseñanzas evangélicas.

Poseen así ellos una gran parte de verdad en sus prácticas, pero no constituyen el fiel exponente de todos los principios sustentados por la Palabra de Dios, respecto a la Iglesia de Jesucristo, que es una y única.

En relación con aquellas Denominaciones que en la actualidad se abrogan los derechos de poseer una límpida trayectoria desde el siglo I, el mismo hecho de tener un nombre antibíblico, indica en ellos ya, una falta que es necesario corregir. Sin entrar, por supuesto, en detalles sobre su desamor hacia aquellos hermanos que no están bajo su misma designación, a quienes no ayudan ni siquiera viéndolos en las mayores necesidades. Esto está, por supuesto, muy lejos del verdadero amor a los hermanos que define la Biblia:

“Mas el que tuviere bienes de este mundo, y viere a su hermano tener necesidad, y le cerrare sus entrañas, ¿cómo está el amor de Dios en él”. (1ª. Juan 3: 17).

Bien lo decía el pastor Armando Di Pardo, cuando destruía los argumentos de la Convención Bautista de 1952, en contra del Movimiento “A. L. E. R. T. A.”:

“La Biblia nada sabe de “sectas” ni de “Denominacionalismos” ni de “Inter-denominacionalismo”. “Yo soy de Pablo”, “Yo de Apolos”, no podía ser la nota divina de convivencia en la Iglesia de los días apostólicos. Tal nota era “carnal”, no la espiritual según Dios”. (1ª Cor. 3: 4).

La Biblia nada dice de “Iglesia Bautista”, ni de “Iglesia metodista”, etc., etc., y sus benditas páginas sólo refieren de NUEVAS CRIATURAS y a IGLESIAS: IGLESIAS DEL SEÑOR; IGLESIA DE DIOS; y de la IGLESIA de tal o cual lugar. El Señor Jesucristo nada dijo de que El levantaría sobre El mismo, a la “Iglesia Bautista”, y a “la Metodista”, y a “la Presbiteriana”, etc., etc., para que luego tuvieran relaciones “Inter-denominacionales”. Sólo dijo:

“Y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”. (Mt. 16: 18).

Y es por haberse apartado de Su Fundamento Verdadero y de Su Palabra Santísima, que las “puertas del infierno” han “prevalecido” contra algunas “Iglesias Denominacionalistas”. Las infiltraciones del “modernismo teológico” y del “mundanalismo carnal”, prueban ello en alto y vergonzoso grado.

Sólo mediante un arrepentimiento verdadero y una conversión plena a las verdades reveladas en la Palabra de Dios, tales Iglesias sectarias o denominacionales y aun interdenominacionales”, podrán experimentar la Victoria contra el infierno”.

Es lástima grande que la gran mayoría del pueblo Evangélico denominacional, no se haya dado cuenta de estas sencillas y tan necesarias verdades, que ya algunos sinceros creyentes, como J. E. Davis en su libro “LA UNIÓN CRISTIANA”, esbozara en 1928, en contra de su misma Denominación:

“Las Iglesias del nuevo Testamento no son iglesias Bautistas, es decir, no fueron llamadas bautistas, porque no había denominaciones en los tiempos apostólicos; y no debe haber ahora Iglesias bautistas; en otros términos, no debe existir esa condición que hace este u otro nombre necesario; o de otro modo: NO DEBE EXISTIR EL DENOMINACIONALISMO. Si no hubiese denominaciones y las Iglesias tuviesen todas la misma fe y orden, tendríamos simplemente Iglesias o Iglesias de Cristo. Los bautistas pueden, SIN NINGÚN SACRIFICIO, dejar el nombre por el que se conocen, para poder efectuar una unión con el pueblo del Señor sobre una base escritural”.

Sin embargo, y a pesar de todas estas lógicas conclusiones, llegamos hoy a observar que no ha sido posible unir a los verdaderos creyentes, por cuando la gran mayoría de ellos no han querido romper con la tradición que los liga a nombres, costumbres y prácticas, muchas veces antibíblicos. Por ello les cabe la sentencia de Cristo:

“Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición”. (Mateo 15: 6).

 

4. EL INTER - DENOMINACIONALISMO

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Estos mismos hombres han pretendido solucionar esta falta, no por el abandono de sus prejuicios denominacionales para obtener una genuina unión con sus hermanos, sino mediante el Inter-denominacionalismo, con el cual pretenden acallar la Voz del Espíritu Santo, que está clamando con gemidos indecibles porque se cumpla en sus hijos la respuesta a la oración del Señor en favor de los suyos: para que sean una cosa.

El Inter-denominacionalismo está bien lejos de cumplir los deseos del Redentor. El pidió, sí, que sean una cosa, pero que esta unión fuese tal como la que existe entre Dios y su Hijo Jesucristo y, para que no hubiera dudas a este respecto, el mismo Señor momentos antes había dicho en esta oración sumo sacerdotal: “Todas mis cosas son tus cosas, y tus cosas son mis cosas”. (Jn. 17: 10).

No se trata entonces de una simple unidad para tal o cual actividad, o con tal o cual propósito y continuar cada uno con sus propias cosas, sin tratar para nada, aquello que lo separa de su hermano de otra Denominación.

¿Hay algo en Cristo que no esté en un completo y perfecto acuerdo con la voluntad del Padre? ¿O existen en Dios ciertas cuestiones que no desea tratar con su Hijo para evitar resentimientos? ¿Por qué entonces, existen entre los evangélicos de hoy, meras relaciones interdenominacionales, que sólo tienen la apariencia de unión pero han negado la eficacia de ella?

¿Pueden las revistas, reuniones, juntas, comisiones, organizaciones, etc., que realizan los evangélicos unidos, dar contestación a la oración de Cristo: “QUE SEAN UNA COSA COMO TAMBIÉN NOSOTROS”? ¿Pueden?

¿Quieren los sectaristas denominacionales contestar qué sucedería si en una de esas reuniones que celebran unidos con tan aparentes buenos propósitos, alguno de los oradores pusiese sobre el tapete algunas de las cuestiones que tienen completamente divididos a quienes forman esa comunidad?

El Interdenominacionalismo procura unir a los creyentes sólo alrededor de aquellos objetivos de trabajo respecto a los cuales sabe con seguridad que no hay divergencia. Pero confiesa que esos mismos creyentes están positivamente desunidos en todos los puntos que allí no se van a tratar, porque si se trataran llevaría implicado el inmediato rompimiento de su concordancia.

Bien lo dice el Dr. Tomas Armitage, pastor bautista de los EE.UU., en uno de sus escritos:

“Y esto es lo que llaman “unión cristiana”. Cuando no se trata de una de estas asambleas determinadas, sus discordias son efectivas, radicales e invariables. Pero allí convienen en no estar de acuerdo y, de esta manera, el desacuerdo, con tal que estéis de acuerdo en definirlo, viene a ser la unidad.

Acontece que se juntan personas de todos los matices diferentes de fe y de opinión y todas las diversidades de las prácticas religiosas, como miembros de una junta directiva, en un mismo púlpito, o bajo un mismo techo y porque no muestran animosidad, sino benevolencia unos para con otros, ya creen que han logrado adelantar grandemente en la obra de descifrar los misterios de la unión cristiana.

A pesar de esto, ni un punto han cedido; cada individuo padecería y moriría en defensa de sus respectivos principios, a la manera que sus antepasados padecieron y murieron en su defensa; cada individuo desconfiaría de la integridad del otro que no quisiese morir en defensa de ellos; y casi, generalmente, consideran que esta es una unión buena, regular, bíblica y cristiana. Podrá ser, pero, si así fuese, ha habido un cambio grandísimo de los tiempos apostólicos acá. La verdad es esta, que los sentimientos benévolos no son la unión cristiana y podrían existir aún cuando la unidad de la fe se hallare hecha mil jirones”.

Hasta aquí el Dr. Armitage en sus tan reales conceptos; lástima que le falte agregar que, precisamente, el Interdenominacionalismo ha sido la puerta de entrada del Ecumenismo a las Iglesias Evangélicas. Con tanto acostumbramiento a no discutir con sus hermanos las cuestiones relativas a las prácticas cristianas, los creyentes han llegado, en el día de hoy, a tener reuniones, no sólo con otras denominaciones evangélicas, sino, y esto es lo más triste, con falsos creyentes, contra quienes hasta hace muy poco estaban combatiendo.

¿Cómo pueden las Iglesias evangélicas luchar contra los falsos profetas, cuando una y otra vez se están uniendo a ellos bajo la cubierta engañosa de un velo aparentemente santo, como puede serlo la misma propagación de las Sagradas Escrituras?

A ningún verdadero creyente se la hubiese ocurrido realizar jamás un baile para juntar fondos y publicar así la Biblia a precio barato. Ni tampoco ir a robar con esos mismos propósitos. Tampoco debemos unirnos a falsos profetas para tal logro.

Sin embargo, los Evangélicos aceptan mezclarse y llamarse hermanos con los lobos rapaces disfrazados de corderos, procurando recibir de ellos las dádivas que Satanás les ha concedido. Han caído nuestros hermanos en el triste pecado del confusionismo, pues, en razón del Interdenominacionalismo, ya no encuentran diferencia entre éste y la Babel Ecuménica de la unión interreligiones, que en nuestros días ha comenzado a instaurarse.

Por ello es que nos hemos apartado de toda denominación y de toda clase de tal relación interdenominacional. No queremos otras uniones que las que se puedan realizar sobre la base de la Palabra de Dios y, únicamente, sobre ella.

Por ello también hemos rechazado la afiliación a todos los Congresos interdenominacionales por más fundamentalistas que ellos sean; por cuanto hemos observado que, con el fin de contrarrestar el ecumenismo, que todos nosotros hemos combatido por antibíblico, dentro de esas organizaciones fundamentales se ha mantenido firme un espíritu de defensa del denominacionalismo, el cual conduce indefectiblemente al sectarismo, tan antibíblico como el mismo ecumenismo que se combate.

 

5. EL NO – DENOMINACIONALISMO

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Es por todo ello que nuestro Movimiento “A.L.E.R.T.A.” sólo se conduce bajo las claras normas no denominacionales que perfectamente establecen las Sagradas Escrituras; y todas las Iglesias que apoyan esta obra, no son sectarias, ni denominacionalistas.

El nombre de cada una de ellas bien lo indica: IGLESIA CRISTIANA EVANGÉLICA. Este es un nombre genérico, no sectario. Y simplemente refiere a una Asamblea Bíblica; un conjunto de renacidos por la obra del Espíritu Santo que constituyen, de acuerdo a la definición bíblica, la Iglesia. ¿Qué Iglesia? La Iglesia de Cristo. ¿De cuál Cristo?... (pues hay falsos Cristos). El único verdadero Cristo, el Cristo de los Evangelios. De allí, que le quepa un único y solo nombre: IGLESIA CRISTIANA EVANGÉLICA.

Tal nuestra posición No-Denominacional pues queriendo volver a la Biblia en todo, no nos satisface el concepto del mero Denominacionalismo.

Los creyentes que formaron el movimiento “A.L.E.R.T.A.” fuimos rompiendo con las Denominaciones desde el momento mismo en que Dios nos llamó a la lucha.

Ya hemos oído en el discurso inaugural, cómo Dios entregó la bandera de la defensa del Evangelio al grupo de creyentes que inició este movimiento en el año 1935, cuando se libró la primera batalla contra el modernismo.

Pero lo que no se dijo fue que, tres años más tarde, el 17 de Agosto de 1938, esos mismos hermanos debieron buscar la voluntad del Señor respecto al Denominacionalismo, cuando se constituyeron como Iglesia Cristiana Evangélica.

Gracias a Dios porque tuvieron también la victoria en esta oportunidad. En el Acta de Fundación de dicha Iglesia, se expresó claramente que no guardarían conexión con denominación oficial alguna, declarándose desde su comienzo, no denominacio­nales, no sectarios.

Fue así que más tarde, también las congregaciones anexas, juntamente con el Movimiento “A.L.E.R.T.A.” y la Iglesia ya mencionada, alentados todos por un impulso santo, nos empeñamos en una verdadera Reforma del siglo XX, que no se de­tenga en el siglo XVI, ni en la Historia, sino que alcance y realice la plenitud del Espíritu, tanto en doctrinas como en prácticas, de la Iglesia del siglo I, la Iglesia Bíblica del Nuevo Testamento. Y ésta, ciertamente, no era Denominacionalista.

“A.L.E.R.T.A.” no habla denominacional o interdenominacionalmente; sí habla bíblicamente y al corazón de los renacidos. Y si bien tiene nombre bajo el cual estamos agrupados, el mismo no tiene otro significado que el de un grito en la noche.

Sí, grito que desea llamar a los cristianos a una verdadera vigilia en oración de espera al Señor; grito que llama a los lobos por sus nombres procurando que no sean atacados los rebaños desprevenidos sumidos en la noche de la ignorancia, por la desaprensiva actitud de los asalariados que no velan por sus manadas; grito, en fin, que no pueden acallar nuestras conciencias cristianas cuando vemos con profunda pena las manos inicuas de hombres impíos, posarse sobre la Sagrada Palabra de Dios y mutilarla, negándola con todo desparpajo, sin importarles nada las terribles sentencias que sobre sus hombros se ciernen.

Pero, aún este nombre, con todo su profundo significado no histórico, ni tradicional, sino de completa y perfecta actualidad, acorde con las necesidades eclesiásticas de la hora actual; aun este nombre, que no corresponde a ninguna Iglesia ni denominación, sino a una actitud vigilante de un grupo de hijos de Dios que desean ser fieles a Su Palabra; aun este nombre, digo, estamos dispuestos a dejarlo caer, si fuera necesario, en procura de alcanzar una completa y perfecta unión de los fieles y sinceros creyentes, alrededor de la Santa y Bendita Palabra Eterna.

Y es oportuno recordar también, en estos instantes, la actitud asumida en ocasión de practicarse, hace ya unos años, un censo de la población por las autoridades de nuestro país. En esa oportunidad se hizo llegar a todos los creyentes de las distintas confesiones evangélicas, la sugerencia de que ninguno se hiciese registrar como: bautista, metodista, presbiteriano, hermano libre, etc.; sino simplemente CRISTIANO EVANGÉLICO.

¿Cuáles eran los motivos de esta actitud? Única y exclusivamente presentar ante la opinión pública un excelente aspecto cuantitativo. Es decir, mostrar ante el mundo que no somos tan pocos y que estamos unidos todos alrededor de un nombre genérico: CRISTIANOS EVANGÉLICOS.

¿Y por qué no hacer de esta unión una verdad establecida que termine para siempre con el terrible lastre que las “Denominaciones” llevan consigo?

Nuestro Movimiento no toma en cuenta para nada las cuestiones especulativas que una mera aritmética permite deducir. Anhelamos de todo corazón que se terminen para siempre las tradiciones sectarias unilaterales, tanto como las conveniencias interdenominacionales polilaterales, para volver de una vez a la Biblia en todo.

Decía nuestro pastor en su misma refutación a los bautistas:

“ES TIEMPO DE QUE EL JUICIO COMIENCE DE LA CASA DE DIOS”. (1ª. P. 4: 17). y de que comencemos de una vez a ser CRISTIANOS EVANGÉLICOS en el más alto significado bíblico de estos vocablos. Y ello no es abogar por el establecimiento de una “nueva secta”..., como algunos ya andan diciendo. Sí, es, proclamar en su prístina pureza, el único mensaje bíblico para los que obedecen al Evangelio de Dios. Falsas doctrinas, falsas prácticas, falsos nombres, todo caerá estrepitosamente, bajo los golpes formidables de aquella “Espada más penetrante que toda espada de dos filos” que es la Santa, inerrable e infalible Palabra de Dios”.

Somos, pues, como bien lo dice nuestra Proclama: NO-DENOMINACIONALES.

Aunque las denominaciones, con sus organizaciones inherentes, han tenido su parte permisiva dentro del plan de Dios, el mismo plan divino en su nítido enunciado bíblico es No-Denominacional.

Y ahora ha levantado otros grupos, como el nuestro, en todas partes del mundo, en procura de alcanzar ese ideal no denominacionalista.

Como bien se ha dicho aquí, Dios nunca se queda sin testigos y esto en todos los aspectos de su obra; por ello es que también ha plantado en medio del páramo del indiferentismo denominacional, una bandera que está proclamando a todos los vientos la posición bíblica de un grupo de creyentes No-Denominacionales.

Lo que falta ahora es que, todos aquellos que sienten este mismo celo santo, rompan con las ligaduras afectivas que los atan a toda denominación, cualquiera sea su nombre, prácticas o tradiciones y nos unamos los fieles al Señor Jesucristo y a Su Palabra, en un genuino anhelo de que se cumpla en nosotros la oración intercesora del Redentor.

 

6. LA UNIDAD CRISTIANA

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Naturalmente que habiendo lanzado este llamado, necesitamos sentar las bases sobre las cuales hemos de fundamentar esta unión.

Por supuesto que excedería los límites de este mensaje ponernos a considerar todos los artículos de fe sobre los cuales debemos estar de acuerdo para llegar a la unidad; con mucha más razón hemos de dejar de lado las tan vapuleadas cuestiones de las formas y prácticas de culto.

Sin embargo debemos dar una base y ella no puede ser humana, sujeta a los errores propios de una naturaleza corrompida; sino bíblica y, por consiguiente, divina, santa y sin contradicción.

El texto que habrá de servirnos como base para establecer los fundamentos de una genuina unidad, es el de Efesios 4: 3 a 6:

“Solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vinculo de la paz. Un cuerpo, y un Espíritu como sois también llamados a una misma esperanza de vuestra vocación: Un Señor, una fe, un bautismo, Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por todas las cosas, y en todos vosotros”.

La unidad de la Iglesia de Jesucristo, de acuerdo a esta palabra, sólo puede realizarse sobre la base de verdaderos renacidos por la obra del Espíritu Santo.

Está, en consecuencia, completamente descartado el hecho que hombres de diferentes confesiones religiosas, por más aparentes sentimientos emocionales que los unan, puedan constituir el Cuerpo místico de Cristo aquí en la tierra.

Por supuesto que la unidad se refiere a hombres, pero hombres regenerados por la operación del Espíritu de Dios. Hay un cuerpo y un Espíritu. No se pueden separar de ninguna manera estas dos cuestiones.

Hay un solo cuerpo de Cristo en la tierra, una sola Iglesia, la Única y Universal Iglesia de Jesucristo. Pero hay también un solo Espíritu Divino que es quien posibilita por el nuevo nacimiento, poder llegar a formar parte de esa Iglesia.

Puede un hombre cumplir con todos los preceptos y prácticas, aún en los más mínimos detalles, de cualquier religión del mundo; que si no ha experimentado la obra del Espíritu Santo que le ha hecho un renacido, no pertenece al Cuerpo de Cristo.

En esto es terminante la Palabra y nosotros juntamente con ella.

No proponemos, ni deseamos, porque es absolutamente imposible, otra unidad que la que testifica ese versículo; la cual sólo podrá ser realizada tomando, para llevarla a cabo, a todos aquellos que han experimentado en sus vidas, la gracia salvadora de nuestro Señor Jesucristo.

Todas las organizaciones que los hombres puedan exhibir que no tengan ese fundamento, son meras asociaciones, en las cuales puede haber unión pero nunca una verdadera unidad.

Para que haya unidad tiene que existir la unión; sin embargo puede haber unión aún cuando no se tenga la preciosa comunión del Espíritu que da, como resultado, la genuina unidad.

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa”. (Juan 17: 23).

Consumadamente una cosa, descarta por completo toda pretensión de hacer un simple acuerdo o Concilio Interdenominacional, para unir a los evangélicos.

Ya hemos visto aquí, en estos días, cuáles son los ataques diabólicos, especialmente en estos últimos tiempos, tratando de confundir las tinieblas del horrendo infierno con la luz admirable que es Cristo Jesús. Esto no es posible, de allí que el consejo apostólico deseaba evitar posibles errores de ignorancia o indiferentismo religioso a los Corintios cuando decía:

“No os juntéis en yugo con los infieles: porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿o qué parte el fiel con el infiel? ¿Y qué concierto el templo de Dios con los ídolos? porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo”. (2ª. Cor. 6: 14 a 16).

Hecha esta clara distinción acerca de quiénes pueden dar, como individuos, cumplimiento a la oración de Cristo “que sean una cosa”; sólo nos queda por ver, en el texto base de la unidad, los elementos alrededor de los cuales ha de girar la misma.

Y ellos los vamos a examinar muy brevemente, pues todos tienen una singular característica: son únicos y definidos. No necesitamos entonces extendernos en la consideración de las posibles alteraciones, sólo hay: Un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre de todos.

UN SEÑOR: Requiere pues esto que el Señor Jesucristo sea en verdad la Cabeza de la verdadera Iglesia. El y no otro. Nada tienen que hacer en este asunto aquellas congregaciones que pretenden establecer en un hombre, cualquiera sea su jerarquía; o con un grupo de hombres, las atribuciones que son privativas del Señor Jesucristo:

“... y diólo por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia”. (Ef. 1: 22).

Por ello es que los verdaderos creyentes que de corazón desean la unidad cristiana, deben procurar en forma absoluta, que sus miradas sólo estén puestas en Aquél que ha recibido de Dios el cetro. Para nada miremos a los hombres; sólo de arriba vendrá la unidad que anhelamos. Sólo “Jesucristo es el Señor, a la gloria de Dios Padre”.

UNA FE: El mundo exhibe hoy una numerosa cantidad de creencias que se agrupan bajo el nombre de fe. Sin embargo, ni la fe histórica, ni la fe demoníaca, ni la fe religiosa-modernista, nos interesan ahora.

Dijimos que sólo hay una fe que interesa para la unidad de la Iglesia. Esa es la fe salvadora; la fe que Cristo creó y la fe que Cristo consumó de acuerdo al texto de Hebreos 12: 2; la fe que Cristo creó en el principio, antes que el mundo fuese; cuando el Padre y el Espíritu Santo creyeron que el Hijo bendito un día vendría a ofrecerse por los pecados de los hombres y, en base a ese ofrecimiento, decidieron crear las magníficas obras de las manos divinas, que hoy en parte estamos contemplando.

La fe que Cristo consumó, cuando venido el cumplimiento del tiempo, se ofreció por el Espíritu Eterno en la ofrenda suya que agradó a Dios y cumplió plenamente la esperanza divina y que, llegado ese tiempo, se hizo gloriosa realidad en la cruz del Calvario.

La fe sincera que los hijos de Dios recibieron un día por obra del Espíritu, cuando fueron humillados en un genuino arrepentimiento ante los pies del crucificado, procurando hallar el perdón de sus pecados.

Quienes tienen esta fe, pueden unirse de verdad. Quienes practican esta fe deben unirse a sus hermanos y no esperar más.

UN BAUTISMO: Naturalmente que en las Escrituras hay un solo bautismo: aquél que cumplió Jesucristo, dándonos el ejemplo para que así también lo hagamos nosotros. Todos los otros bautismos que no sean por inmersión aunque sean practicados por personas que tengan la fe que acabamos de mencionar; todos los demás bautismos, digo, podrán ser históricos o humanos, pero nunca bíblicos o divinos.

No obstante ello, quiero más bien tomar la palabra bautismo, como síntesis de todas las prácticas que debe desarrollar la Iglesia de Cristo. Y esto que no hace al fondo del versículo, sirve en cambio para sentar la hermosa verdad, que esta organización evangélica tiene en sus prácticas y formas de culto; en cada una y todas ellas, una sola forma de expresión.

En orden a las cosas celestiales no podemos admitir los dualismos y, mucho menos, cualquier tipo de polimorfismo. ¿Cómo entonces pretendemos encontrar una organización divina, que aquí practica su culto en una manera, pero cien metros más adelante lo hace en forma completamente distinta?

¿Por qué aquí se bautiza en una forma, más allá en otra y un poco más allá todavía en forma diferente de las anteriores?

¿Por qué aquí la Cena del Señor tiene un significado y allí otro distinto? ¿Por qué estos hermanos evangélicos se llaman de esta manera y aquellos no?

Son todos estos y muchísimos más, que no terminaríamos nunca de mencionarlos, tremendos interrogantes que pesan como atroz carga sobre el pueblo cristiano evangélico del siglo XX.

De los creyentes de nuestros días, unos están adulterando con el mundo y los falsos engañadores y creen que de nada valen estas cuestiones de simple forma de culto.

Ya tienen solucionada su contestación a la oración de Cristo por medio del ecumenismo. Los otros —y noten bien que siempre en nuestro tema nos estamos refiriendo a creyentes sinceros— los otros, digo, los más fieles, han discernido las tinieblas, pero se han encerrado en sus prácticas y por nada del mundo desean ponerlas al servicio de la unidad de la Iglesia.

Ya lo dijimos al comienzo, las Denominaciones constituyen un mal para la obra del Señor, el cual es necesario extirpar. Y no nos detuvimos a examinar en cuántos aspectos esto es la verdad, por no demorar nuestro tema. Pero si faltaba algo por agregar en cuanto al daño que estas cuestiones denominacionales llevan aparejadas, baste decir que van en contra de la oración de Cristo referente a la unidad de su pueblo, por las prácticas cerradas que no desean abandonar.

UN DIOS Y PADRE DE TODOS: Por sobre todas las cosas, gobernando todo, controlando todo, dándolo todo, está Dios. Y hay también, como en los asuntos anteriores, un solo Dios. Y esta unidad absoluta de Dios en cuanto a sentimientos, amor, ideas, realizaciones y prácticas, viene ahora a hablarnos seriamente acerca de la necesidad de la unidad de la Iglesia.

No podemos admitir, y ello nos repugna sobremanera, cualquier religión o secta politeísta que nos trae un confusionismo atroz a nuestra mente en cuanto a cualquier intento de fe en dichas religiones.

Qué gozo, en cambio, pensar en un Dios Inmutable y Eterno, Uno en Esencia, aunque Trino en Personas. Dios, en quien no hay sombra de variación a través de los siglos de los siglos.

Por eso, cuando Jesucristo quiso reflejar la unidad que anhelaba en los suyos, dijo:

“Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa...”. (Jn. 17: 21).

¡Qué diferencia en la realidad es la Iglesia de Dios; voluble y dividida, a tal extremo que hay miles de sectas en el mundo entero!

Dios nos llama a la reflexión de la unidad; su misma persona lo está proclamando; pero, para hacerlo, debemos quitar a nuestras mentes el concepto cerrado, sectario y antibíblico del Denominacionalismo que nos está embotando.

Luego abrir el corazón para que pueda penetrar profusa e íntimamente el Amor de Dios, de tal manera que seamos inundados completamente por su influjo y dejemos para siempre de amar las posiciones, las organizaciones, en fin, las Denominaciones y nos lancemos en un sacrificio total de nuestra propia personalidad, en procura de alcanzar, con un nuevo fuego de amor ardiente, a todos nuestros sinceros hermanos en Cristo y nos unamos a ellos para siempre jamás y por la eternidad.

“A. L. E. R. T. A.”, ha sentido este impulso santo; por ello es que no es denominacional y ama la unidad completa y perfecta de los renacidos alrededor de las verdades establecidas en la Palabra Santa.

Es así como, en ocasión de celebrarse éste, su Primer Congreso Espiritual, alza frente al pueblo evangélico del siglo XX, su voz potente y sonora para llamar a los genuinos creyentes, a los verdaderos hijos de Dios, a una vuelta a la Biblia en todo.

Reúnanse los eruditos fundamentalistas de todas las denominaciones, estudien a la luz de las Escrituras y bajo la iluminación del Espíritu Santo, las importantes cuestiones que tienen que ver con nuestra fe, tanto en prácticas como en doctrinas y presenten sus conclusiones al pueblo evangélico para que se una alrededor de la verdad que es única e inmutable.

No es posible continuar como hasta ahora. Es tiempo que el juicio comience de la Casa de Dios. “A. L. E. R. T. A.” lanza este llamado, que es la oración de Cristo elevándose ante el trono de la majestad divina.

Tú, y yo, en esta hora de las definiciones para el cristiano, tenemos que decidir entre la oración de Cristo: Que sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste, y la voluntad del diablo: Que sean muchos para que no crean en ti, sino en mí.

¿Qué hemos de hacer? ¿Habrá algo en nosotros que amemos más que la salvación de los perdidos?

Por ti y por mí, si estamos desunidos, mi amado hermano, hay un alma que no cree en Cristo, ¿le dejaremos que se pierda?

¡Oh, si en esta hora de la Historia sintiéramos arder en nosotros el celo santo de la verdadera unión que Cristo anhelaba para los suyos!

¡Cómo se entristecerá Cristo viendo a aquellos que un día habrán de sentarse juntos a su mesa en el Reino de los cielos, estar ahora desunidos aquí en la tierra por simples cuestiones carnales!

Y cuánto más se hará anhelante a la diestra del Padre, la oración intercesora del Hijo Santo, por estos malos y desobedientes siervos suyos: Que sean una cosa.

Pero Dios ha puesto ya la carga de esta oración sobre muchos y, mediante este humilde siervo en esta tarde, la ha puesto sobre todos nosotros y sobre todo su pueblo que conocerá este mensaje.

Tú y yo tenemos ante nosotros la oración de Cristo. ¿Qué haremos con ella?

Yo me pongo en las manos del Señor y le digo:

Aquí estoy Señor, hágase en mi tu Santa Voluntad. Quiero ser una sola cosa con todos mis hermanos, clavando en la Cruz mi “ego”, juntamente con todos mis afectos y pasiones carnales. Cúmplase en mí la oración de Cristo.

¡Quiera el Señor que así sea con todos Sus hijos amados! Amén.

 

 

CONCLUSIONES DEL “COMITE DE ESTUDIO”

del Primer Congreso Espiritual A.L.E.R.T.A., Buenos Aires, 1956, del Tema: El Denominacionalismo; el Inter-Denominacionalismo; el No-Denominacionalismo

 

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La Comisión de estudio de este tema, considerando:

  1. Que la situación actual del mundo, en un completo caos moral y espiritual, requiere una acción coordinada y eficaz de todo el pueblo evangélico unido.

  2. Que a través de 20 siglos está en pie el pedido del Señor Jesucristo para que los suyos sean una cosa (Juan 17: 21), el cual están muy lejos de cumplir las Iglesias de nuestros días, por su espíritu Denominacionalista.

  3. Que por tal causa las Iglesias Evangélicas no poseen entre sí una verdadera unión y sólo se unen eventualmente a fin de realizar simples esfuerzos conjuntos para ciertas actividades aisladas, que no dan cumplimiento total a la oración del Redentor.

  4. Que en contraposición al esfuerzo diabólico que trata de conseguir una sola Iglesia por el ecumenismo Inter-religiones, muchos sinceros creyentes se han encerrado en un denominacionalismo absolutista que termina en breve plazo en el antibíblico sectarismo.

  5. Que si bien las Denominaciones con sus organizaciones inherentes han tenido su parte permisiva de parte de Dios, el mismo Plan Divino en su nítido enunciado bíblico es No-Denominacional.

En virtud de todo ello, expresamos ante el pueblo evangélico de nuestros días:

  1. Que es necesario efectuar una verdadera Reforma en las Iglesias que no se detenga en el Siglo XVI, ni en la historia. (Rom. 12: 2).

  2. Que es menester volver a la Biblia en todo, conforme a sus claras y precisas enseñanzas y de acuerdo al modelo de la Iglesia del Siglo 1º. (Isaías 8: 20; Hechos 2: 42 a 47; 4: 32, 33; 6: 7; Col. 2: 5).

  3. Que es imprescindible a esos fines, un completo abandono del Denominacionalismo “exclusivista”, tanto como de su opuesto: el Denominacionalismo “liberal” y su consecuente desarrollo: el Inter-denominacionalismo. (Hebreos 13: 13).

  4. Que la única y completa unión cristiana, sólo habrá de obtenerse cuando se establezca sobre la base de las Sagradas Escrituras y entre quienes por la fe en el Señor Jesucristo, han experimentado el nuevo nacimiento por la obra y virtud del Espíritu Santo. Todo ello de acuerdo al texto sagrado de Efesios 4: 3 a 6.

  5. Que la unión por la cual bregamos no quiere significar el Ecumenismo que pretende amalgamar distintas religiones, sino que se trata de la unidad de los hijos de Dios proclamada por nuestro Señor Jesucristo (Juan 17: 20 a 23).

  6. Que a tales fines, es conveniente promover un intercambio permanente de estudios bíblicos, entre los más calificados doctores en la Palabra de Dios (1ª. Cor. 12: 28), de las distintas Denominaciones Evangélicas, para que traten todas las divergencias que separan a la Cristiandad, escudriñando las Santas Escrituras hasta alcanzar, con el auxilio del Espíritu Santo, la plena luz de la revelación y así encuentren, en cada caso, la Verdad Divina, Única e Inmutable. (Juan 17: 17).

  7. Que los creyentes se unan alrededor de esas conclusiones, que en todos los casos estarán en perfecto acuerdo con la Palabra de Dios, para dar realidad en la práctica, a la unidad plena de la Iglesia de Cristo, que es una e indivisible en el Espíritu. (1ª. Cor. 1: 10; 1ª. Tim. 3: 15; Efesios 2: 18 a 22).

  8. Que todos, sin excepción, a los efectos santos de no ser obstáculos a la obra divina y como única solución para llegar a los fines buscados en los dos puntos anteriores, crucifiquemos nuestra carnalidad juntamente con afectos y tradiciones denominacionales, por más unidos que estemos a ellos, (1ª. Cor. 3: 3 a 7; Gál. 5: 24) en aras de obtener respuesta y gozar la bendición que corresponde, a la oración del Divino Maestro, Salvador y Señor nuestro, Jesucristo. (Juan 17: 6 a 26).

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